Matrimonio romano.

El matrimonio y el divorcio entre los romanos.

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En la antigua Roma, el matrimonio no era tan importante como lo es actualmente, de hecho, normalmente sólo una de cada tres parejas llegaban al matrimonio.

Durante el Imperio Romano, el matrimonio era un acto estrictamente privado, un acto de voluntades consensuadas, que no generaba documento alguno ni registro. Sin embargo sí surtía ciertos efectos jurídicos respecto de los hijos, quienes heredaban del padre nombre y bienes.

El matrimonio legal, debía ser consentido por ambos padres, podía hacerse mediante compra, en el que el novio, daba a cambio animales u otras cosas de valor al padre de la novia, en presencia de 5 testigos.

Matrimonio romano. Foto de wikipedia.org.
Matrimonio romano. Foto de wikipedia.org.

La mayoría de los matrimonios eran por la simple cohabitación, sin embargo, con el fin de evitar ser sometida la esposa a la “potestad de su nuevo propietario” es decir de su esposo, ella se ausentaba del hogar tres noches de cada año, reteniendo de tal manera potestad sobre su propia propiedad personal, con la excepción de la dote. En este tipo de matrimonio ambas partes podían dar por terminado el matrimonio.

El matrimonio romano podía constituirse de dos formas:

  • Como un conventioin manum, en el que el padre de la novia cedía a su futuro yerno la propiedad de su hija.
  • O bien como el sine manu, (sin dote) en el que la joven continúa siendo propiedad del padre y el marido solo recibe el usufructo. En caso de adulterio, el padre podía matarla, aunque el marido la hubiera perdonado.

Ius Connubium, era el uso que tenían, de “divorciarse momentáneamente”, para que un amigo necesitado de hijos pudiera desposarla y engendrar, pero podía recuperar a su ex esposa una vez que ya le ha dado un hijo al otro.

A partir del siglo II d.C., se le da un trato de “compañera” a la mujer y no tanto de instrumento. Existía entre las clases patricias un tipo de matrimonio que consistía en la convivencia durante un año seguido, pero lo normal era que se optara por celebrar la boda mediante la antigua coemptio o venta simbólica de la esposa, o confarreatio, en la que los contrayentes compartían una simbólica torta de trigo ante un sacerdote. Se celebraba que las esposas abandonaban los cultos domésticos paternos y se integraban a los del esposo.

Celebración romana. Foto de hispaniainfo.es
Celebración romana. Foto de hispaniainfo.es

El divorcio

Se basaba en una situación de hecho dada por la convivencia; y en un vínculo afectivo, la “affectio maritalis”. Desaparecido alguno de estos elementos no subsistía el matrimonio. Solo se exigían formalidades para disolver el matrimonio en los casos de matrimonio “cum manu”, pues hacían nacer una “potestas” a favor del “pater” que era necesario destruir, exigiéndose para ello una ceremonia contraria a la que le dio nacimiento, que en el caso de la “conffarretio”, era la “diffarreatio”; en la coemptio y el usus no se requerían solemnidades especiales.

El repudio fue una facultad exclusiva del marido, en la primera época romana cuando lo habitual era el matrimonio “cum manu”, debiéndose dar razones fundadas para ello, por ejemplo, por adulterio o graves injurias.

Con la expansión de Roma y el contacto con otras culturas, sobre todo la griega, el repudio y el divorcio se hicieron mucho más frecuentes.

Con los matrimonios “sine manu” fue aún mucho más fácil disolver el matrimonio, siendo común recurrir al repudio sin invocación de causales tanto los hombres como las mujeres.

La gran cantidad de repudios y divorcios provocó tanta corrupción moral, que Augusto a través de la Ley Lulia de Adulteris impuso que el repudio debía ser efectuado en presencia de siete testigos y con la participación de un liberto.

Por influencia del cristianismo si bien no pudo eliminarse el repudio se le impusieron causales. Si el repudio era incausado se sancionaba al marido con la pérdida de la dote y ya no podía volver a casarse. Si igual se casaba, la esposa repudiada tenía la posibilidad de apoderarse de la dote que hubiera entregado la nueva esposa. Si era la mujer la que repudiaba incausadamente perdía sus bienes que pasaban al ex marido, y además era deportada. Fueron introduciéndose cada vez más causales, hasta hacerse una extensa lista, que el emperador Justiniano redujo a cinco. Por parte del marido, la esposa podía alegar: haber intentado matarla, haber cometido adulterio, haberla acusado falsamente de adúltero o haberla instigado a cometerlo, y la conspiración.

Contra la mujer como causas de divorcio podía esgrimir el marido: Haber intentado matarlo, que hubiera cometido adulterio, conspiración, que hubiera pasado la noche fuera del hogar del marido o de su familia, reunirse con personas de sexo masculino que fueran extraños; y por último, asistir sin permiso del marido, al circo o al teatro.

El repudio sin causa no fue permitido por Justiniano que lo declaró ilegal. El mismo emperador sin embargo permitió el divorcio sin culpa del otro cónyuge en algunos casos, que según la Constitución del 542 fueron:

que el marido fuera impotente, que estuviera alguno de ellos cautivo, o que alguno ingresara en la vida monacal.

El divorcio por común acuerdo solo fue permitido si los esposos formularan votos de castidad. Su sucesor Justino lo admitió, al quitarle todo castigo

En cuanto a las infidelidades, están trataron de ser duramente castigadas durante la época de Constantino, esta era duramente castigada derramándole plomo derretido en la garganta a la mujer. Era considerada una ofensa grave  contra las instituciones de propiedad y herencia, en el hombre no era considerada grave.

El concubinato fue reconocido por la ley como un sustituto del matrimonio, pero no como una adición al matrimonio. No se le permitía al hombre tener dos concubinas a la vez. Los hijos nacidos de concubinas fueron clasificados como ilegítimos, no pudiendo heredar.

Escrito por: Mariana Muñoz Nava.

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